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¿Y si Google dejara de funcionar?

Esta mañana del 14 de diciembre Google y Gmail aparecieron como tendencia en las principales redes sociales. Una caída masiva de servicios había dejado fuera de línea los principales productos de la gran empresa tecnológica de la que depende casi todo el mundo (no todos, obviamente). Imposibilidad de acceder a correos, documentos, archivos, planillas, empresas enteras cuyo funcionamiento depende de los servicios en la nube de la gran empresa tecnológica global. Años atrás, la pesadilla de la quiebra o la pérdida de información tenía otro nombre: Microsoft. Hoy, el gigante del que depende todo el mundo es Google.

Se trata de fenómenos paralelos que demuestran que una de las más grandes preocupaciones en el campo informático sigue tan vigente como nunca: la enorme concentración de un mercado del que dependen no sólo las comunicaciones personales, sino los servicios sobre los que trabajan infinidad de empresas pequeñas, medianas y grandes. La productividad de buena parte del mundo occidental depende hoy de que funcione una sola empresa.

Desde el movimiento de Software Libre venimos alertando desde hace años sobre el impacto que supone la falta de diversidad en materia de servicios informáticos, sobre la dependencia de un puñado de empresas de tecnología y sobre la necesidad de crear capacidades y autonomía para el uso de la informática.

Lo cierto es que, a partir de las crecientes preocupaciones por la privacidad de los datos y el auge del concepto de soberanía tecnológica, no son pocos los que han empezado a plantear los problemas inherentes a la utilización masiva de servicios como los que provee Google. Sin embargo, estas dos cuestiones no son más que significantes vacíos si no se acompañan de políticas y estrategias concretas de acción.

La comunidad de Software Libre viene advirtiendo que el software como servicio supone una amenaza a la libertad de las personas y la autonomía de las organizaciones. El propio Richard Stallman lo sintetizó hace muchos años al expresar que 'nunca podremos tener control sobre los servicios que un tercero provee'.

El marketing de estos servicios lo presenta habitualmente como servicios en la nube, básicamente, un eufemismo para definir servicios montados sobre la computadora de otros, tal como claramente expresó Evgeny Morozov. Es bastante impresionante ver cómo estos servicios se han ido concentrando cada vez más en muy pocas manos y cómo las personas que usamos computadoras para comunicarnos y trabajar dependemos cada vez más de servicios que de otra forma hubiéramos bien podido  administrar por nuestra cuenta. No se trata de no usar absolutamente nada de ellos, sino tener la capacidad de generar autonomía frente a ellos y seleccionar lo que hacemos o dejamos de hacer.

En buena medida, el sistema económico actual de internet que Shoshana Zuboff denominó capitalismo de vigilancia se basa especialmente en que dependamos cada vez más de este tipo de servicios que sirven fundamentalmente para cosechar datos. Sin embargo, desde empresas tecnológicas hasta ONGs, pasando también por oficinas estatales depositan sus datos y servicios en manos de muy pocas empresas de las que hoy depende buena parte de lo que hacemos en línea.

Es claro que empresas como Google o Amazon tienen la capacidad instalada de solucionar problemas rápidamente y ofrecen una estabilidad y seguridad de servicios envidiable. Sin embargo, esto no debe hacernos perder de vista que un colapso en sus sistemas puede implicar la paralización de múltiples sectores cuya infraestructura depende de un puñado de empresas.

De nada sirve llenarse la boca con el discurso de la soberanía tecnológica tan de moda actualmente si no se desarrollan dos procesos que son anteriores a ese logro: la creación de capacidades y la construcción de autonomías. Sin capacidades instaladas, ya sea para el Estado como para los múltiples sectores productivos de una sociedad, difícilmente se logre la autonomía fundamental que se requiere para independizarse de esos servicios.

No se trata tampoco de un planteo contracara del actual: que el Estado se hiciera cargo de la nube, como se sugiere muchas veces como solución al problema de la concentración de la industria tecnológica, o de la obligación de hospedar los datos en centros de datos que maneje el propio estado. Se trata de diversificar y crear capacidades para lo cual el Estado tiene un rol central, que no necesariamente implica reemplazar al monopolio empresarial de turno por un monopolio estatal.

El software libre viene planteando esta cuestión desde hace más de 35 años ya y siempre se ha topado con las mismas dicotomías engañosas. Son múltiples los actores que tenemos que trabajar para construir un ecosistema informático más justo, equitativo, viable económicamente saliendo de la dicotomía de depender completamente de una empresa o depender del Estado. La creación de capacidades supone necesariamente la educación en software libre pero a su vez también la creación de una demanda de servicios para que funcione una multiplicidad de servicios ofrecidos por empresas pequeñas, medianas, cooperativas e iniciativas de todo tipo que puedan brindar soporte, mantener servicios y proveer la infraestructura para generar autonomías.

Es claro que no podemos reemplazar todos los servicios que nos brindan las grandes compañías tecnológicas, pero es necesario comenzar en algún punto a generar políticas de fomento y un mercado de acceso a servicios que permitan avanzar en ese sentido. A su vez, adoptar servicios de otros proveedores de búsqueda, de documentos compartidos, montar servidores propios en cooperación, contratar soporte local. En definitiva, invertir en aquellos que pueden proveernos servicios que nos habiliten a manejar nuestra propia infraestructura.

Porque como bien decimos desde el software libre, la libertad nunca ha sido gratis. Tampoco es gratis ceder todo el control a un puñado de empresas que dominan el mercado más concentrado del que tengamos memoria. Para solucionar esto no sólo hacen falta Estados capaces de hacer cumplir las regulaciones antimonopolios, también hacen falta ciudadanos capaces y con la voluntad de recuperar el control.

Beatriz Busaniche

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